El guerrillero

Por María R. Martínez

Mi mejor amigo, es El Guerrillero; galopa sobre mi cama, tiene el brazo en alto porque dirige una tropa y su cuerpo es atlético. Usa camisa verdinegra de mangas largas, de tela gorda y  en la cabeza tiene una boina.

Yo he querido compararlo con el Che, pero el mío es distinto; al Che nos lo enseña la maestra en fotos y canciones de la Patria y la Libertad, pero este es mi amigo cercano que me consuela cuando estoy triste y me hace unos cuentos chistosos de Pepito y comprende los problemas de mis padres y las angustias de abuela.

Desde mi monte techo veo cómo le crece la barba en su rostro gris sereno y el sudor de su frente; escucho el jadeo de su caballo, que es una bestia hermosa cansada de galopar, de andar por las montañas.

“Un día descansaremos, vas a ver, y habrá tiempo para contar anécdotas de mis viajes y te irás conmigo, ya verás, si tu mamá te da permiso, a oler música de pájaros buenos y escuchar el perfume del aire puro”.

Todo eso lo fui copiando para que no se me olvidara y juro que no lo invertí, él lo dijo así porque puede oler la música y escuchar el perfume silvestre; eso es cosa de poetas guerrilleros.

Seguía hablando conmigo como si yo fuera el cura de la iglesia, sin mirarnos.

“No quise ser héroe, ni mártir; hubiera querido ser normal, casarme, tener hijos, vivir igual a los demás, pero el mundo estaba muy triste”.

Se le cortó la voz y yo cerré los ojos para que creyera que estaba dormida;  lo sentí llorar y recordé a papá cuando se despedía.

Es tanta la poesía de su existencia, que mi último amigo de los altos, es insustituible. Por eso le dediqué estos versos:

Voy a escribirte un poema

breve.

Porque tú lo dices todo.

Puedes

contarme miles de historias.

Tienes

la rima de la esperanza

siempre.

Y cuando te necesito,

vuelves.