El toro distraído

Por María R. Martínez

Duerme sobre el espejo, de lado, sobre la hierba blanca.
Uno de sus tarros está partido en la punta y sobre su cabeza picotea un pájaro.

Es muy tranquilo, nunca ha embestido a nadie, se deja acariciar cuando me siento para alisarme las trenzas.
Frente a mí viven seres interesantes y el toro es el más cercano, lo cual no quiere decir que sea el más conversador; a él le gusta que el pájaro le saque los bichos, y apoyado en la punta del espejo se tambalea para alcanzar un pato gigante, con cola de pez que lucha con un sapo de patas cortas. Esa imagen lo entretiene todo el día y se ha olvidado de mirar al otro extremo del espejo, en donde dejó esperándolo, a la vaca canela gris, que lo busca en el abismo, con el cuerpo casi colgando, pero no se cae. En cualquier momento ambos se virarán y saldrán corriendo. Eso es lo que espero ansiosa cada vez que mi vista se enfrenta a esa pared.
Entre los dos crece un pasto alto que casi llega al techo y allí se mueve de vez en cuando una sombra más pequeña.
¿Será un ternerito? Olvidar un hijo no es cosa que los humanos aceptemos como natural, él pudo haberse escapado y a quien busca la madre sea al hijo mientras el padre se deja picotear o inyectar en un hospital sin saber lo que está pasando más allá de la punta del espejo.