El niño invisible

Por María R. Martínez

Si esto sigue así, ni a mi mamá, ni a mi futura hija, le van a gustar las historias de mis fantasmas. Mejor me olvido un poco de la cueva y los bichos, porque me están volviendo loca. Ya se las arreglarán solos porque son bastante grandecitos; además, creo que con ellos mi misión ha concluido, y ahora, si lo desean, pueden vivir en la cueva. Estoy tan cerca de ellos que me han hecho despreocuparme de mis otros amigos.

Me gustaría hablar con un niño o una niña, pero el genio se llevó al dueño de la sombrilla y los jimaguas no me hacen ningún caso; los demás son personas mayores o animales.

Todas estas cosas las pensé con los ojos cerrados, recibiendo el fresco que entra por la ventana de la pared de al lado y un leve suspiro, proveniente de ella, me hizo abrirlos, buscando al personaje. No había nadie, solo tres zapatos de diferentes tamaños.

Uno grande que parecía una escuela, otro mediano, como una casa y sobre una montaña blanca se balanceaba un zapato bailarín. ¿Cuántos bailarines tiene este cuarto? Debería hacer una coreografía con las lagartijas, pero lo único que veía era aquella graciosa zapatilla a la que no podía hacerle la proposición.

Por tener una sola no me hizo pensar que fuera cojo, sino que se le hubiera caído la otra subiendo la montaña.

Silbé una canción infantil y comenzó a moverse y cuando yo me callaba dejaba de hacerlo; así estuvimos un rato conociéndonos a través de la música.

La Piqui se asomó por la ventana y vi cómo se le alisaba el pelo, mientras ronroneaba levantando el cuello; entonces supe que era amigo de mi gata. Dije amigo, porque el zapato era de varón. ¿Pero si estaba equivocada y era una niña?

No sé si algún día lo sabré, a veces uno piensa que sabe la verdad de todo lo que ve, pero lo invisible es más dudoso.

Quizás no está preparado(a) aún para ser mi amigo(a), y tiene la ventaja de observarme. ¡Sabrá Dios desde cuándo! Saludé al zapato, muy preocupada, esto sí que era nuevo para mí, aunque no lo último, desde mis paredes.