El genio y el niño de la sombrilla

Por María Rosa Martínez

Venía volando a toda velocidad y el perfil se le veía casi perfecto entre la neblina: la nariz chata, los ojos oblicuos, como dice la maestra y debajo de la barbilla le crecían unas hilachas que movía el viento; se parecía al genio de la lámpara de Aladino.
“¡Alto, querido amigo! ¿No ves acaso que te acercas demasiado al huracán? Ha cogido fuerza y está al comerse el techo entero”.
Menos mal que se detuvo. ¡Uf! ¡Qué susto! Y cuando pude observar mejor su presencia, vi sentado sobre su espalda a un niño en una silla doradonegra, que en un gesto, para mí de valor, bien sujeto de su amigo, metió la mano derecha en el remolino y del gris más claro sacó una sombrilla, a punto de ser destruida totalmente, manchifloreada.
Quedaron flotando y él niño abrazó a la sombrilla con amor, como algo muy preciado. Después del rescate, aquellas figuras se quedaron paralizadas, como  si  hubieran completado su misión y se detuvieran en el tiempo y no pude saber de dónde venían.
Me he pregunto si un niño sin sombrilla podría vivir bajo un negro sol, en un blanco cielo, sobre mis ojos que se cansan y se quedan quietos en mi cara junto a la de mi madre.
Tengo miedo de que los niños no encuentren sus sombrillas, o se les pierda su mamá.
Abracé a la mía, le di un beso en sus ojos cerrados.
“¿Qué haces, Mary? ¿Me despiertas cuando me besa un niño con sombrilla?”
¡Esa es mi mami!