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Los hombres del desierto

Por María R. Martínez

Les avisé que se acercaba un ciclón, que había una nube solitaria, pero no me creyeron.
Descansaban entre sus bultos sobre la arena blanca, recostados a los camellos.
¿De dónde vendrían con sus ropas largas y turbantes sobre las cabezas, igual que Alí Babá?
No les distinguía bien los rostros, pero escuché sus voces, sus cuentos indecentes, que una niña no debería oír. Me tapé los oídos con las manos y seguí contemplándolos.
Saltarían sobre mi cama en cualquier momento y me daba miedo; sus puñales brillaban en la oscuridad y los dejaron caer sobre la cabeza de una serpiente cascabel, escurrieron el veneno dentro de una vasija y se la comieron a dentelladas.
Cerré los ojos para no ver esa escena de supervivencia; a mami esta historia peligrosa no le iba a gustar y a mí no se me ocurría ninguna canción para suavizarla.
Mi amigo Don llegaría en cualquier momento y esto me relajaba un poco.
Un ruido como de miles de abejas zumbadoras me hicieron abrir los ojos, no era Don con sus truenos.
Los hombres se miraron asustados, pero no corrieron, se taparon con sus mantas y esperaron la tormenta de arena que soplaba amenazante cubriendo todo el paisaje del desierto, dejando solo cuatro montículos ante mis ojos.
Silencio, eso quedó sobre mi cabeza. ¿Cómo no pude prever el fenómeno que más ocurre en esos lugares, y yo con mi nube y el huracán que ni llegaron?
Si abuela se entera de esto, ella misma termina mis encuentros.
Pensaba entretenida, cuando entró mamá.
“Mary mira lo que te traje, hoy vamos a leer antes de dormir. ¡A que no adivinas!”.
“Sí,  mami, Las mil y una noches. ¿Qué otro podría ser?”. (Había visto lo grueso que era el libro y la lámina de la portada).
“Esta hija mía, hasta adivina es”, dijo mientras se metía en la cama.
Leyó casi tres páginas y se quedó dormida con el libro ilustrado entre sus manos y allí estaban sonriéndome desde el papel los dos hombres con sus camellos…

Historias que no se escriben,
sin dueños se desvanecen.
Las que se cuentan se crecen,
las que se olvidan, no viven.

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