Los jimaguas despeinados

Por María R. Martínez

Se escaparon de la casa para que no los peinaran, tan bonitos como dos hongos del bosque.
Llegaron hasta el borde donde se unen el techo y la pared, en el mismo pantano en que se había quedado atrapado un duendecillo, sin pelo ni dientes, luciendo una manilla blanquidorada en su gorda muñeca. Ellos querían tener una igual y por qué no, esa misma.

“¿Qué miran pilluelos?”
“Tu hermosa pulsera”.
“Para el que la quiera
la cambio por pelos”.

El duende trataba de salir y extendía el brazo para atrapar a uno de los mellizos por su montaña peluda, pero este se echaba para atrás, dudoso de sus intenciones.

“¿Será que ahora quieres
dejarnos  lampiños
o es que tú prefieres
riñones de niños?”

Todavía están ahí indecisos; ni van para la casa, ni se acercan al duende, y las cabelleras cada día les crecen más.
No he podido averiguar quiénes son sus padres y no me gusta mirarlos mucho, no sea que pase lo peor.
Los jimaguas ríen y el espantoso ruge atrapado por su maldad, pero siento que los tres están en mala situación; a veces los oigo cantar:

“¿Nos atrapa el duende
o nos coge el peine?
No clavan sus dientes
si corremos fuerte”.

Se van y vuelven a un juego peligroso que nadie debería jugar.
No todas las historias son divertidas.