Susy

El verdor que rodea la charca tiene un esplendor mágico. Salpicado de hermosas flores amarillas y rojas dispersas y en ramilletes; con tallos firmes circundados de esbeltas hojas donde se posan a descansar de sus oscilantes viajes los señores alguaciles con sus dos pares de alas rígidas y sus múltiples ojos traviesos. Allí, a la sombra de las mismas hojas, don Juan, el viejo caracol blanco, eleva sus antenas aprovechando la brisa primaveral. Es total la algarabía en el agua y en la orilla. Doña Pepa, la mariposa de alas de seda con múltiples y brillantes colores que reflejan la gracia de sus formas, aletea suavemente, y de tanto en tanto moja sus patitas en el agua fresca y luego se posa en alguna sonriente flor.
Desde siempre el sol envía su más simpático rayo de luz para que juegue con su cola dorada y que alumbre y deje por doquier un finísimo manto de calor.
Como cada amanecer, en la llegada de esta primavera nadie faltaba al lugar de la cita por la alegría de vivir; la emoción especial de ver a los bebes de todos los animalitos jugando con sus mamas enternecía el predio. Todos eran amigos de antaño, la crisálida brillante cuelga lacia en una ramita y todos la observan de a ratos esperando el nacimiento de la nieta de doña Pepa.   Los caracolitos casi transparentes pasan lentamente por el lecho lodoso y los pececitos multicolores dan saltitos rompiendo el espejo del agua allí en el recodo.

Cuando el aire se puebla de murmullos de aves, grillos y langostas, sale Lily de atrás de un tronquito hueco que le sirve de morada a toda su familia; la pequeña e infinitamente suave ranita que luce con gran orgullo una pequeña cola prueba de su corta edad, da algunos saltitos y se sumerge plácidamente. Luego de sumergirse hasta el fondo saca los ojitos del agua y se queda flotando para observar el esplendor matinal. Pasado unos minutos da pequeños golpes con sus patitas para poder girar y ver en todas direcciones. Algo la alerta y fija su atención en un lugar pocos centímetros de la orilla sobre la fina arena, donde ve un bulto que la estremece de pavor. Los sonidos cesaron y todos giraron las cabezas para ver a la desconocida visitante que está extendida en toda su dimensión, y aunque no es grande impresiona su forma alargada y sus colores y pequeñas escamas brillantes que le cubren todo el cuerpo. La ranita, al ver sus ojos profundos, la gran boca y esa lengua roja de dos puntas que movía sin pausa y que zigzaguearte rompió el cristal del agua en dirección a ella, sorprendida aún dio un fuerte envión y se alejó del lugar, llegó a la orilla y no se detuvo, saltó sobre las piedritas y continuó hasta el tallo de una cala donde se escondió presurosa. Cuando creyó que estaba a salvo del peligro, espió entre la hierba y vio que aún la seguía. Nuevamente dio más saltos y piruetas llenas de energía para alejarse, pero fue en vano. Cansada de tanto huir y sin más lugares donde esconderse, decidió enfrentar la situación apoyándose contra una pequeña roca y esperó lo que para ella era un trágico final. A pocos centímetros de ella se detuvo la viborita, que con voz muy fina y cálida dijo:
–¡Hola! Soy Susy. ¿Cómo te llamas?
A lo que la ranita, con voz trémula respondió:
–Lily.
Y al comprender que no había peligro, le sonrió. Entonces la viborita le dijo:
–Es muy divertido esto de jugar a las escondidas, ¿podríamos hacerlo otra vez?

Roberto Attias