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Historia de familia

Por Silvia C. Valdés

Contaba mi abuela Anunciación del Señor, que mi tío-tatarabuelo Policarpo Damiani, de origen italiano, llegó joven a estas tierras, se asentó en la aldea donde hizo su pequeña fortuna cosechando café,

formó una familia y ya en la edad madura se dedicó a escribir su propia historia. A una de las tantas historias que escribió mi tío-tatarabuelo me voy a referir:
Escolástica Apolonia, mi tía-bisabuela, la hija mayor de Damiani era la muchacha más hermosa de la comarca. Cuerpo esbelto y cimbreante, tez broncínea y un rostro perfecto como el de las madonas de los grandes pintores florentinos. Así como era de bella fue de aficionada a las buenas lecturas.
Consumía horas encerrada en la gran biblioteca del padre rendida al placer de las leyendas, las aventuras de capa y espada y sobre todo la poesía.
A los quince años, considerando mi tío-tatarabuelo que ya tenía edad de merecer, decidió hablarle de matrimonio. Como era costumbre la hija mayor debía casarse la primera. Sus hermanas solo contaban catorce y trece años y  aunque también eran bellas no la igualaban.
El caso era que en los sueños de Escolástica Apolonia no estaba todavía el de casarse, y así se lo dio a conocer al padre el día que éste penetró en la biblioteca para anunciarle que varios pretendientes la solicitaban con las mejores intenciones. La joven, se estaba devorando las páginas de la vida del gran Gengis Khan y respondió al padre que no iría al matrimonio si no era con un rey o príncipe oriental que le ofreciera una vida de aventuras y emociones extraordinarias.
Policarpo Damiani quedó en verdad desconcertado ante las palabras de su hija, pero más aún lo impresionó contemplar aquella virgen ataviada en túnica de seda del lejano Oriente que él mismo le trajera de regalo de uno de sus viajes de negocios.
Y mi tía-bisabuela, firme en su decisión e ignorando la presencia del padre, continuó recitando en un susurro los apasionados versos de Li Po el más grande de los poetas chinos:

No  me atrevo a elevar la voz en este silencio
porque temo turbar a los moradores del cielo.

Con los pies desnudos, el flexible cuerpo se inclinaba con reverencia.
El padre abandonó el lugar en espera de otro momento en que pudiera continuar su conversación.
Inútil fue el intento. Transcurrieron años, las hijas menores, entre ellas mi bisabuela, se casaron y dicen que fueron felices, a su manera. Pero mi tía-bisabuela se mantuvo en sus trece de permanecer soltera, leyendo eternamente sus temas preferidos, envuelta en su nube color de rosa.

 

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