La fábrica de truenos

A mi nieta, Lorena de la Caridad
Levántame, papá, para ver el cielo. ¿Y para qué quieres ver tú el cielo? No sé pero quiero verlo. Será porque aquí siempre está lleno de estrellas, dice el Hada Madrina, con chivitos que la niña quiere echarse en el bolsillo. O en la boca para comérselas y de noche alumbrar como un cocuyo, dice la mamá, porque en el cielo viven los ángeles, hija mía, y a lo mejor la niña quiere encontrarse con alguno de los que vinieron a verla el día que ella nació y casi se nos ahoga. ¡No, yo quiero ver el cielo, yo quiero ver el cielo!¡Anda, papá, anda, levántame! Dice la tía si no será que la niña quiere coger un retazo  azul o blanco o negro y que le hagan un vestido bien bonito para el día de su cumpleaños. Pero la abuela, que por ser la más vieja no era la menos sabia, pensó si no será que la nieta quiere conocer qué se hace en una fábrica.
¡Levántame, papá, chico, para ver el cielo!, insistió la niña. Y apuntó hacia la cerca del fondo, que separa el patio de la casa de una panadería. Y cuando la levantó hasta ponerle los ojitos por encima de la tapia, oye, cómo suena el cielo, y se le veía en el brillo del rostro la emoción por lo que había descubierto. Entonces el padre, al mirar hacia donde apuntaba la niña, vio unas enormes carretillas cargadas de sacos de harina, tiradas por hombres encorvados y sudorosos, que hacían retumbar el piso con tremendo ruido. Y como no se le ocurría nada mejor, le dijo: Mi cielo, también las carretillas suben al cielo. ¿Y allá se ponen a tronar, papá?

Orlando V. Pérez