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Soy un perro

Por Orlando V. Pérez

Corrió hacia el patio, movido por un impulso interior irrefrenable, por cuyo fondo cruzaba tranquilo el arroyo: el de su infancia, antes tan claro y transparente, con sus mantas de pececitos en colores, y ahora tan sucio y hediondo…

no sé cómo algunas especies pueden todavía sobrevivir aquí, frecuentemente se preguntaba. Un rápido recorrido visual lo condujo a percatarse de inmediato, para corroborar que el ruido que le había llegado desde el patio minutos antes no era una simple ilusión acústica. Era algo que le costaba trabajo aceptar: tres niños de espaldas desnudas, inclinados en la mitad del arroyo, chapoteaban en el agua sucia. Arrastraban los pies con tanto sigilo, que lograban mover los cuerpos lenta y silenciosamente hacia la orilla opuesta, mientras los brazos les colgaban en forma de arcos, que culminaban en unos dedos a guisa de redes abiertas. 
–¿Qué hacen ustedes ahí, eh? –la pregunta fue en forma de un grito atávico que retumbó en los árboles circundantes.
Tan entregados estaban a su faena aquellos niños, que al dueño del patio hasta escuchar le pareció un ¡a callar! como respuesta.
–¡Que qué hacen ahí les digo, carajo! –esta vez el grito fue más potente, como escapado de lo más recóndito de la corteza cerebral, donde aseguran los analistas que se agazapa una fiera atávica. Un grito de tal magnitud, que hasta ahuyentó a las aves zancudas, comensales de paso, y se extendió más allá del monte circundante.
–Señor, nosotros… –mientras se volteaba hacia él, atinó a responder nerviosamente el más pequeño de los niños, delgaducho, de cara huesuda.
–Sí, ya sé, están cazando, pescando…
–Cogiendo, cogiendo –respondió esta vez el de mediana estatura, con su cara regordeta.
–¿Cogiendo qué, pomos vacíos, gomas rotas de máquinas y bicicletas, enfermedades… o jicoteas?
–Sí, eso mismo, jicoteas, señor –respondieron a coro.
–Para qué, ¿para matarlas?
–No señor, para no matarlas.
–¿Y entonces para qué las cazan?
La pregunta quedó colgando en el alambre del silencio, tras lo cual el dueño del patio arremetió con una nueva interrogante:
–¿Y con qué permiso entraron aquí?
–¿Cómo que con qué permiso? –respondió encarándosele el mayor, larguirucho y medio bizco, mientras movía con violencia las manos.
–¿Ustedes no saben que se han metido dentro del área de una casa particular? ¿Por dónde entraron ustedes?
Los tres muchachos se miraron casi atónitos, y en sus rostros se adivinaba la dificultad para ofrecer una respuesta satisfactoria. Un repentino silencio se hizo prolongado. Sólo se escuchaba el murmullo del agua acompañando el croar de una  rana trasnochada. La voz temblorosa del mayor rompió la ausencia de comunicación:
–Bueno… nosotros veníamos arroyo abajo y entramos… por allí por debajo de aquel puentecito que se ve allá arriba al doblar –y apuntó hacia el puente con un dedo largo y fino como segmento de recta trazado con tiza a todo lo ancho de un pizarrón.
Acentuando el sentido de pertenencia, el dueño del patio enfatizó:
–¿Pero no se dan cuenta ustedes de que esta parte del arroyo que cruza por el fondo de mi patio también es de mi propiedad y que sin mi permiso no se puede sacar ni entrar nada por aquí?
–Mire, señor, nosotros no somos ladrones, nosotros nada más esta…mos cogi…endo unas jicoteííítas –recalcó el mismo muchacho visiblemente enfadado.
–Mira, muchacho, bájate de esa altura y ponte chiquito pero que bien chiquito, que te conviene más. Ustedes están ya grandecitos y saben que están actuando mal. Volviendo a lo de las jicoteas, vamos a ver si nos entendemos: ¿Ustedes no saben que lo que están haciendo es una labor de depredación y que eso está condenado por todas las leyes establecidas, tanto humanas como jurídicas?
–¿De depreda qué? –le espetó a la cara en tono burlesco el del medio.
–¿Ustedes no van a la escuela, chicos? –les preguntó el dueño, ahora totalmente encolerizado.
–Mire, señor, creo que esa pregunta está de más. Nosotros sí vamos a la escuela. ¿Qué remedio nos queda? –enfatizó el mayor,  para luego añadir de manera lapidaria: –¿Qué niño en este país puede darse el lujo de no ir a la escuela?
–Las queremos para mascotas, para meterlas en un estanque grande de agua limpia que tengo yo en mi casa, y allí las cuidamos y le echamos comida –arguyó el más joven de los tres. 
–¿Y con qué permiso entraron aquí?
–¿Por qué, no se puede entrar aquí? –volvió a responder el mayor.
–No tanto como eso, pero pudieron haber pedido permiso.
–Entonces, usted que es tan pero tan bueno, que nos lo da. ¿Verdad, señor? –volvió a intervenir el más pequeño.
Ante esta disyuntiva, al dueño no le quedaba más remedio que acceder.
–Está bien, pero fíjense… Ya quisiera imaginarme yo ese estanque tan bonito de aguas tan limpias.
–Trato hecho –respondió a coro el trío.

Pasaron muchos días y volvieron otros más, y la presencia de los niños en aquel trozo de arroyo se hizo habitual. El dueño del patio les sonreía afable, mientras evocaba la imagen de una parábola religiosa que una vez leyó sobre el buen samaritano que todas las tardes solía caminar a orillas del mar salvando estrellas marinas varadas en la arena. Un día, ante la sugerencia de un amigo acerca de lo inútil de su empeño por imposibilidad de salvar los tantos miles de estrellas que a lo largo de la orilla se veían, en un gesto altruista levantó el brazo y dijo: “Pero esta, esta sí se salva”, y segundos después se dejaba escuchar un chasquido en la onda salina.

Una tarde, mientras pedaleaba en su ya vieja y gastada bicicleta todo terreno por un empedrado camino de su pueblo que la gente eufemísticamente llamaba calle, divisó delante de él, a una distancia de unos 40 metros, al mayor de los tres, que con paso presuroso miraba hacia un grupo de casas que se apiñaban en lo alto de una sinuosa colina; en la mano derecha cargaba una jaba que vibraba, como si en su interior un ser vivo pugnara por escapar. El hombre se desmontó de la bicicleta y comenzó a avanzar con sigilo, evitando ser visto por el muchacho cazador. Logró acercarse aún más, dejó caer con suavidad la bicicleta al suelo y se refugió detrás de un poste de la luz. Desde allí, logró un punto de mira excelente. Entonces vio cómo el muchacho, deteniéndose frente a una casa de portal amplio, comenzó a escalar una rampa empedrada. El muchacho tocó a la puerta, y al instante apareció bajo el dintel un hombre forzudo de mediana estatura y aspecto desgarbado, tatuado de manera chapucera en el hombro y parte del pecho.
–¿Cuántas?
–Tres. ¿Cuánto?
–Son treinta…
–Sí, pero tú me dijiste que a veinte.
–La cosa está mala. Si no te conviene…
–Está bien, qué le vamos a hacer.
El forzudo mostró con ostentación un grueso fajo de billetes, y le pagó al muchacho, mientras este le entregaba el paquete.
El dueño del patio, una vez que vio alejarse al muchacho, se quedó rondando por la cuadra; preguntaba aquí y allá y nadie se dignaba a darle explicación alguna acerca del extraño comprador. Ya cuando la noche caía, y se disponía con cara de decepción a regresar a la casa, por suerte se encontró con el sabelotodo que buscaba y este le informó que el tipo se dedicaba a las peleas de perros y que casi todas las tardes él y otros guerreros perrunos entrenaban en un parque de la esquina, donde formaban una algarabía de tal magnitud, que traían nervioso al barrio, pero que nadie se atrevía a denunciarlos.
–¿Y las jicoteas…?
–Es la comida que le dan a los perros.
–¿Por qué?
–Porque dicen que esa carne los pone fuertes y fieros.

(…) una enorme pecera con gruesos cristales y allí navegan ellas… qué bellas se ven  …al fin pueden verse en todo su tamaño y color del carapacho… cómo nadan y mueven sus patas… son verdaderos remos… al fin salvadas de la contaminación, de la depredación… pero qué pasa… esos perros, Dios mío, esos perros… de pronto lo invaden todo con sus infernales ladridos… y saltan dentro del agua y se zambullen y ahora el agua se pone de una coloración rojiza… es un rojo renegrido… es un rojo…
Fue un grito infernal que rajó la noche en partes iguales; estaba sudoroso y medio entumecido y ya no pudo hacer otra cosa que colgar las pupilas en el techo…
Al día siguiente apareció un cartel de advertencia al fondo del patio: “¡Cuidado, niños, ya soy un perro!”

 

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