Al amanecer

Por Orlando V. Pérez

Ladrabas, y tus ladridos
encendían las estrellas
y despedías el sol
que bostezaba en la yerba.

Cada día, amanecer
era para ti una fiesta,
una fiesta de ladridos
de la calle hasta la acera.
Decías a doña Rana:
“Vamos, señora, despierta”,
y a don Cocuyo gruñías:
“Los faroles no me enciendas”.
En la lana de tu lomo
despertaba Primavera
y en la punta de tu rabo
llevabas una tormenta.

El guardián

Eras el fiel vigilante
de la calle. Tu misión
era cuidar de los gatos,
los niños, la luna, el sol,
y por eso madrugaba
día a día tu reloj.

Compañero de escuela

Con el rabo haciendo cruces
a Lorena saludabas
oliéndole los zapatos
cuando abría la mañana.
Ibas después a la escuela
sin que nadie lo notara,
pero su dedito amigo
te volvía hasta la casa.

Donde descansas

Bajo la tierra desnuda
tu cuerpecito se alarga,
allí estarás conversando
tan contento con el agua.
Es que estabas muy cansado,
y el Hada dijo: “Descansa,
deja ya las travesuras,
duerme toda la mañana”.
Y te quedaste dormido
como un viejito en la sala.