El gallo de-Morón

Todos estaban agitados en Realgallinero; vendría a cantar El gallo de Morón. Las gallinas cultorosas movían sus gordos traseros en un constante ajetreo. Los pollitos iban detrás de ellas pollillorando; sus madres no tenían tiempo de ocuparse de su comida. Había carteles por todas partes: “Esta noche en el teatro Divogallo el cantante único: El gallo de Morón.”
Por la emisora local se oía anunciar cada diez minutos: “¡No se pierdan esta noche el concierto único de El gallo de Morón.”
Las pollonas solteras estaban como locas. “¡Un gallo artista! Si se fijara en una de nosotras y se quedara en Realgallinero” –comentaba una de ellas. “Ya Carigalludo está un poco viejo y hasta tiene guagua en las patas” –decía otra.“¡Qué va! Todavía luce bien, tiene el plumaje hermoso y una cresta roja brillante. ¿Pero cómo será el de Morón?” –aseguraba una linda gallinita blanca desde lo alto de un gallinero. “He leído en una revista de modas que es un cantante inigualable, digno intérprete de melodías inolvidables” –cacareaba una pollona gira mientras se limpiaba el pico en un alambre.
Así andaban nuestras pollonas comentando y lustrándose las plumas, mientras se ponían pestañas postizas. Aunque parezca increíble, se pintaban el borde del pico y las uñas de las patas. Parecían mascaripollonas y payasipollonas.
A las cinco de la tarde todos corrieron al Divogallo para alcanzar los primeros palcos. Mientras, El gallo de-Morón, en la ciudad de Lejanigaya se puso un frac negro con un brillante en la solapa; con toda calma, a las ocho de la noche hizo una llamada al Divogallo para anunciar que lo fueran a recoger en una limusinogallera. ¿Y de dónde iban a sacar en Realgallinero una limusinogallera, cuando allí nunca habían visto ni tan siquiera una?
Mientras esperaba, el gallo se peinaba la cresta tirándosela hacia atrás con el ala izquierda. Después hizo que le lustraran las espuelas con saliva de cotorra, y así pasaba el tiempo.
Mientras tanto, las gallinas, pollonas y pollitos se rendían de sueño, cabeceaban, y los pollitos más pequeños caían al suelo, pues ellos no saben dormir en las alturas.
Las gallinas culturosas consiguieron un clocotaxi y salieron a buscar al gallo cantante, que en ese momento hacía gárgaras de agua de rosas con romerillo allá en Lejanigalla. A las dos de la madrugada aún se lustraba las plumas de su cola tornasolada.
Cuando se percató de que tenía que viajar en un clocotaxi levantó un plumerío en señal de protesta: “¡Yo soy quien soy, y si no es en limusinogallera, no voy!”
Entonces, ante esta negativa, las gallinas culturosas lo tomaron por el frac y dándole un gran empujón lo hicieron meterse en el clocotaxi sin kikiriprotestar. ¡Qué alivio!
Llegaron al Divogallo a las seis menos cuarto de la mañana. Una vez dentro, El gallo de-Morón pidió entrar a un camerino para relajarse antes de actuar. A las seis y treinta fue cuando se presentó ante el público. A las gallinas y pollonas se les habían caído las pestañas postizas y corrido las pinturas de cundeamor de los picos y las uñas.
Los pollitos pollilloraban por sueño y hambre y las mamás estaban locas por marcharse con sus críos a las casas.
Entonces El gallo de-Morón salió al escenario y después de saludar cantó un solo:
¡kikirikiii,
kikirikiii,
kikirikiii,
el kikirigallo
kikirianuncia
kikiiyaamaneció!

En vez de aplausos todas las gallinas presentes pusieron el huevo del día, y el de-Morón salió con su frac maloliente bañado de yema y clara.

Elizabeth Álvarez Fuentes