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Las flechas de Cupido

Por Elizabeth Álvarez

Cupido era un niño como todos, solo que poseía un arco y flechas untadas de miel de amor, la cual era una miel especial. Él la guardaba en grandes toneles; como para que nunca se agotara.

Andaba desnudo por el mundo, no sentía ni frío ni calor y nadie lo criticó por ello.

Su única forma de jugar era disparar flechas untadas con ese almíbar y lo hacía sin temor, pues ello producía un estado muy agradable, tiraba al corazón de las parejas y se enamoraban, a los niños para que amaran a sus padres y si estaban mirando flores y estrellas le disparaba y se enamoraban de la naturaleza.

Así todo el mundo estaba embarrado de esa miel; era hermoso ver como en la humanidad todo se hacía por amor.

Cupido podía volar tanto. Y un día se fue a una montaña muy alta a disparar a los que allí habitan.

Pero allí desgraciadamente estaba acechando el Águila Negra del Infortunio; era un águila tremendamente fuerte y cuando vio que el niño le iba a disparar le quitó con sus garras el carcaj de sus flechas.

—Oye, chiquito oportunista, ¿no te ves tan insignificante para dispararme a mí, la reina de esta región?

Yo no pretendo asesinarle, solo quiero untarlo de amor.

—¿A mí... el Águila negra del infortunio? ¿Te has vuelto loco, enano con alas?

Con sus patas cogió el estuche con las flechas del chico y fue volando al volcán que nunca dejaba de hervir y allí echó las flechas de Cupido.

Este retornó a su casa con las alas rotas como todos los niños cuando les quitan su juguete preferido.

Entonces fue cuando en el mundo reinó el infortunio y el desamor, la gente se casaba por interés, o por lo que ganaban y por la posición social que tuvieran. Se deshacían para obtener más ganancias, aunque para ello tuvieran que perjudicar a los demás.

Ya nadie observaba a las estrellas, nadie miraba las flores con amor; no cuidaban de la naturaleza ni se alegraban con el trino de los pájaros.

La Voluntad, que era una muchacha hermosa y fuerte fue a ver a la Sabiduría, la anciana de rostro agradable.

—Querida Sabiduría, vengo a verla para que me aconseje en esta ocasión. Como usted sabrá, el Águila Negra del Infortunio echó dentro del volcán las flechas de Cupido. Este ya está agonizando de tristeza, pues le quitaron su único juguete; él tiene el arco pero sin sus flechas, ya no puede repartir su miel.

—Debo pensarlo bien, hija. Esta es una empresa mucho más difícil que las demás; pues no hay quien se pueda meter dentro de la lava hirviente del volcán.

Ella se quedó pensando largo rato y luego habló:

—Voluntad, busca al Pájaro de la Alegría, deben llegar a la montaña más alta; pero hay mucho frío por el camino: tengan cuidado no se le congelen las alas del Pájaro, porque él no tiene tanta resistencia como el Águila.

Deben llevar esta sola flecha envenenada y apuntar directamente al corazón del Águila. Si no la eliminan será peor para la humanidad; así que tienes que tirar y matar. Solamente cuando ella esté fallecida podrás hablar con el Sol. Si lo logras, él les dirá lo que deben hacer.

—Saldremos enseguida, pues el niño se nos muere.

Se fue donde estaba el Pájaro de la Alegría, le contó y en el acto ella se subió a su cuello y se fueron volando.

El Pájaro, con la Voluntad sentada en su cuello, se cansaba muchas veces y tuvieron que descansar; pues viajaron de país en país y atravesaron los mares, a veces el calor los asfixiaba; otras, el frío los congelaba. La Voluntad decía:

—Te daré masajes en las alas, no te puedes congelar.

—Te lo agradeceré, hermana.

Al fin llegaron al pie de la montaña más alta, tendrían que volar a la cumbre y allí encontrarían al Águila.

Descansaron un poco y de nuevo volaron. Cuidando siempre de no perder el arco y la flecha envenenada, llegaron a la cumbre.

El Águila contemplaba el mundo a sus pies con las alas abiertas y una satisfacción plena de infortunio.

La Voluntad se paró por detrás del Águila y advirtió al Pájaro que no hiciera el más leve ruido; sacó el arco y la flecha, apuntó bien por la parte del corazón, disparó y el Águila se despeñó por las rocas de aquella altísima montaña llevándose consigo todo el infortunio.

—Ahora tendremos que hablar con el Sol.

—Astro Rey…, Señor Sol…

—¿Quién y de dónde me llaman? —sonó una voz caliente y atronadora.

—Somos la Voluntad y el Pájaro de la Alegría.

—¿Qué desean de mí?....

—Necesitamos que nos diga la forma de rescatar las flechas de Cupido, el niño se nos está muriendo, el Águila echó sus flechas en el Volcán hirviente. La Sabiduría nos dijo como terminar con el Águila; pero no sabemos cómo sacar el carcaj con sus flechas de la lava —trinó el Pájaro.

—Ahora, volverán al pié del volcán —volvió tronar el Sol—. Les dirán a los vecinos que viven a cien kilómetros en derredor que se pongan a salvo y en una montaña lejana, si es posible en una montaña bien alta; después, yo les daré todo mi calor y el volcán se pondrá en una expansiva erupción hasta que vomite el estuche. Cuando pase ese sismo y esté frío, habrá que romper toda la lava petrificada hasta encontrar las flechas; eso ya será parte de la humanidad.

—Gracias, Su Majestad, iremos enseguida, pues el Cupido agoniza —dijo la Voluntad.

El Pájaro retomó el vuelo; y aunque estaban muy cansadas, la Alegría y la Voluntad eran muy fuertes.

Llegaron donde algunos vecinos y se reunieron con el primer grupo que encontraron. Allí la Voluntad les dijo:

—Tenemos que avisar a todos a cien kilómetros a la redonda para que se refugien en las montañas lejanas, ustedes y nosotros, nos encargaremos de dicha tarea. Así en un día todos estarán evacuados.

Aquello parecía un hormiguero humano, y todos avisados y puestos a salvo.

El Sol observó desde su trono que ya no había nadie en peligro. Tomó una bocanada de de su aliento y descargó sobre el Volcán sus rayos más potentes; de inmediato, comenzó a emerger lava de aquella temible boca; los sembrados aplastados y perdidos junto a las casas de los vecinos, pero ellos se sentían contentos, pues estaban a salvo y la humanidad sin amor se hunde.

Cuando terminó el volcán y ya todo estuvo en calma, y la lava seca, la Voluntad y el Pájaro reunieron lo más rápido que pudieron a aquellos ocho mil hombres, mujeres y niños que tendrían que convocar para cavar y salvar las flechas de Cupido. Aquella masa humana se dio a la tarea de romper la piedra volcánica; demoró muchísimo aquella faena.

Al fin, un anciano desfallecido por el cansancio topó con el tesoro, el carcaj con las flechas, y de tanta emoción se olvidó del agotamiento y los años, y vociferaba:

—Las encontré… Las encontré… ¡Viva el amor!...

La multitud vitoreó también… Entonces la Voluntad enseguida tomo la palabra:

—Tendremos que irnos rápido, volaremos con gusto, pues al niño se le escapa la vida.

Salieron al momento.

Cupido ya estaba en un delirio.

El Pájaro remontó el vuelo con la Voluntad a horcajadas con las flechas bien seguras.

El niño delirante balbuceaba:

—Las flechas… La miel de amor…

Llegaron y entraron sin pedir permiso.

—Querido niño, aquí están tus flechas, no te mueras, hace falta mucho amor a la humanidad —dijo el Pájaro.

—Sí, querido, aquí están tus flechas, riega amor por el mundo.

—El niño fue abriendo poco a poco los ojos y vio ante sí su carcaj con sus flechas, y sintió tanta alegría en su corazón, que en el acto se alivió.

Embarró sus flechas de miel y las fue regando por el mundo.

Así anda todo el tiempo, y donde menos lo esperas Cupido dispara una de sus flechas.


 

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