El tío Juan

Por Elizabeth Álvarez

El tío Juan era uno de esos tíos que si bien nunca te dio nada material, siempre estuvo dispuesto a ofrecerte la magia de sus populacheras confusiones, que al fin y al cabo te hacían dueño de un tesoro inmaterial: la fantasía especulativa de su vida que nos trasladaba de un mundo a otro.

De oficio tabaquero, por la tradición familiar lo hizo dueño de una tabaquería llamada “Eliseo”, que heredaron de su padre, mi abuelo; pero su verdadera vocación era la música.
En su casa había un estante pequeño con una cortina de damasco desteñido, allí tú podías encontrar desde unas maracas, una tumbadora, una guitarra, un tres, partituras venidas de no se sabe dónde.

Una noche en su casa era de cantos y toques.

Yo caí en el grupo de los sin oído musical, por eso desistí, después de intentar unos acordes en la guitarra, que sonaba a “Buey suelto”, y el tres “Al combate corred, bayameses…”    

A él llegaron muchos otros niños y jóvenes que dieron sus primeros pasos en  la música  y luego han sido músicos de profesión o solamente aficionados.

Nunca hice por separarme de él, aunque viví muchos años pared con pared y de madera donde se oía todos esos conciertos nocturnos y diurnos.

Mi tío Juan siempre enseñaba, era maestro de música, y a él le pasaban tantos percances que a todos los de la familia nos parecían tan humorísticos.