Enterrando una historia

Por Elizabeth Álvarez

¿Qué si la burra de Mauro era graciosa? No había otra como ella en aquel pueblo, los niños estrenaban sus tardes en aquel cochecito. Pero Mauro, con su cojera y todo, era muy considerado, solo montaba a los niños

al  atardecer cuando el sol  declinaba.
Era la primera que se vio llegar desde las montañas para aquellos menesteres.
Lucrecia, clarividente al fin, me descubrió un día cuando pastaba debajo de una frondosa guásima, allí comimos semillas dulces y pasto fresco.
No lo creas amigo; ¿Qué por tener esta apariencia dejé de alimentarme como equino? –le dije- Ya no eres tan joven, y tu pelo no es como el de Platero. ¿Que quién es platero? Un burrito de la literatura, del autor Juan Ramón Jiménez. Un burro suave y hermoso como ninguno, según él.
Sí, he entrado a ciertos libros, Soy la sombra de lo que fui, pero esa historia no te la cuento, sólo me has visto y reconocido como lo que soy.
Seguiré con lo de Lucrecia, la burra de Mauro, era chiquita como un ternero recién nacido. Yo iba a comer briznas y semillas dulces con ella. Era discreta, por nada del mundo le contaría a nadie de nuestra amistad.
Ella era mansa, Mauro la bañaba y la cepillaba diariamente, en el cerco que había hecho para ella allí donde circunda el río y debajo de unos mangos frondosos, se sentía como una princesa; “De esas de los cuentos donde el príncipe salva a la novia”.
Bueno, no sé para que te cuento esto si lo que quiero decirte es otra cosa.
Había por los alrededores un personaje, humano, diminuto con sobrenombre de ave: “Gallo pinto,” el muy condenado puso sus ojos en Lucrecia y un atardecer cuando Mauro fue a enanchar el cochecito para montar a los niños, Gallo pinto la estaba violando.
Era virgen, y Mauro pensaba buscarle un hermoso novio para sus crías. La burrita quedó preñada, ella se deshizo en lágrimas. “¿Que resultaría de aquel apareamiento?”-pensó.-
Pasaron lunas y más lunas… la hora llegó:
Lucrecia pujó y pujó, y Mauro; como buen padre ocupándose de ella, la ayudaba y le decía: Puja…puja….
Cuando llegué, había tanta sangre que sufrí un desmayo (por lo de humano que me toca).
Y cuando volví en mí, estaba Mauro y Lucrecia limpiando al borriquillo.
Más, no podía salir de mi éxtasis, la crin y la cola estaba llena de un plumón amarillo que se estaba secando.
El animalito, nació tan frágil, que solo duró dos horas. Lucrecia quedó endeble y triste, había sido madre sólo por dos horas.
Mauro increpó al desgraciado, buscó un machete; pero el hijo de Mauro lo sujetó para que no se buscara una desgracia.
Más tarde, algunos, los más allegados visitaron a Lucrecia y a su fallecido hijo; El buen Mauro, abrió un profundo hoyo para enterrar la bochornosa historia.