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Un regalo inesperado

Por Lidia C. Hernández

Cuando el viejo Evaristo se presentó en casa asegurando que un dragón marinero había dejado sus huellas en la boca del río, lo invité a refrescar la solana y fui por un cafecito. ¡Cómo no darle crédito a la historia, si aquí muertos y vivos se tropiezan a diario!
La boca, no parecía lugar apropiado para que un dragón marinero, o no, apagara su fuego. Las mujeres iban a lavar y a comadrear; la algarabía era tanta, que los camarones, mejillones y langostinos, de puro susto se tomaban su tiempo en volver a aparecer. ¡Imagine un dragón! Sin embargo, las huellas estaban allí, profundas y, ciertamente, de cinco dedos.
Trataba de representarme el tamaño de aquella criatura que había llegado volando de tan lejos cuando algo parecido a una iguana salió de la arboleda, y sin dudarlo me lancé a la hierba como hoja.
Dos espinas le corrían por la espalda hasta la cola, detrás del cogote le brotaban  escamas, cerca de los ojos tenía las orejas y una bolsa colgaba de su garganta. El animal se detuvo vigilante y una vez que miró a derecha e izquierda, movió con una de sus patas los arbustos.
Dos lagartos, uno mediano y otro pequeño, salieron de entre el ramaje y treparon a los árboles. El gigantón movió su cola de tres metros de un lado a otro, como si estuviera borrando las huellas y pasó tan cerca de mí, que casi  me clava una de sus garras.
Me incorporé poco a poco y, pidiéndole permiso a un pie para poner el otro, alcancé el trillo, pero en el mismísimo rellano estaba Evaristo, quien ya había bordeado el lado opuesto del río, con la escopeta al hombro.
En un instante, la visión del dragón marinero protegiendo a su familia fue tan real que le arrebaté la escopeta al viejo. El ruido de nuestros cuerpos hizo voltearse al animal y Evaristo, como una flecha, se lanzó tras él.
Nunca imaginé que el viejo fuera tan ligero; en un santiamén estaba tirando de la cola de papá dragón y en otro, vociferando por mi ayuda. Mas algo milagroso me libró de tal acometida: la cola se desprendió del cuerpo y Evaristo rodó con ella.
El dragón no salió volando, no nos achicharró con su fuego, simplemente se perdió entre el ramaje dejándole al ingenuo de Evaristo su grandísima cola de regalo.


Del libro Mirada Guajira. Primera Mención en el concurso “La Edad de Oro” 2015 (N. de la A.).

 

 

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