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El gran sueño de su vida

Por Maritza González

El viento de la tarde corrió las nubes y el sol bañó de luz toda la tierra. Un campesino que cabalgaba por el trillo, de repente la vio en lo alto de una rama y gritó: “¡Solavaya!” Ella contestó con un graznido ensordecedor, pues odiaba esa palabra.
La naturaleza le había regalado la noche para que disfrutara de ella, y ésta la acogió en su reino. Le enseñó los secretos de la luna en su andar, pero ni eso ni nada de ese mundo de estrellas y centinelas le atraía.
Había visto tantas veces a las palomas jugando con los niños allá en el patio de los Vega, y salir en bandadas al amanecer hacia los cuatro puntos cardinales, que imaginarse envuelta en aquella aventura de amor y servicio le agitó como remolinos las plumas de las alas.
Dejó de meditar y salió disparada rumbo al palomar de los Denis; al llegar allí, se posó en una rama cercana a la entrada de la casita. Ahí estaban reunidas las madres con sus pichones, que al verla se fueron a proteger a los más pequeños; a su encuentro salió una paloma color esmeralda sosteniéndose en un  bastón; un pañuelo de óvalo le cubría la cabeza. Con la voz apagada, le dio los buenos días y le pregunto:
–¿Qué le trae por aquí, señora?
Ella, inflando el pecho, se llenó de valor y le contestó:
–¡Abuela paloma, necesito ayuda!
Al escuchar esto, las más jóvenes dijeron al unísono:
–¡Cuidado, abuela! No se puede confiar en una desconocida.
Y un palomo de plumaje tornasol y ojos color de fuego, tomó la palabra y dijo:
–Escuchemos a la recién llegada.
Ella, poniéndose de pie  de un tirón, exclamó:
–Quiero conocer el mundo; como ustedes, ayudar a los hombres.
A la abuela se le erizaron las plumas. Pero sus tantos años vividos le enseñaron que era mejor ayudar a hacer el bien que cerrarle los caminos al que pidiera ayuda. Por eso exclamó:
–¡Desde este momento te daremos la bienvenida en nuestra familia!
Como por arte de magia se formó un gran revuelo, que fue sofocado inmediatamente por el palomo de plumaje tornasol, quien, alzando la voz e imponiendo respeto sobre la bandada, dijo:
–Si la señora está en la mejor disposición de consagrarse, la vida lo dirá. Comenzaremos leyéndole el reglamento que debe seguir cualquier miembro de  de nuestro grupo. Primero, tendrá que entrenar hasta lograr un vuelo alto y veloz. (Para ello, debe descubrir y usar la brújula solar que llevamos dentro). Segundo, deberá hacer su trabajo llueve, truene o tiemble la tierra. Tercero, deberá ser discreta, fiel a sus hermanas y a su oficio, y lo hará  solo por amor.
Al  escuchar esto, la señora dio un salto tan grande de alegría, que estremeció el palomar, despertando a los pichones, que comenzaron su sinfonía de llantos. De inmediato, la abuela les cantó una vieja canción de arrullar palomas y así logró dormirlos.
Al día siguiente, con los primeros rayos del sol, la señora emprendía vuelo en dirección norte. Pero no había recorrido ni medio kilómetro cuando un tremendo mareo la mandó en picada hacia la tierra. Cayó justo en la cueva del agua, y al caer despertó a los murciélagos que colgaban del techo, que de inmediato comenzaron a reírse a carcajadas, despertando a cuanto animal andaba por los alrededores.
Una pareja de ciguapas que estaba a la entrada de la cueva se unió a las burlas de los seres alados.
–¿Quién la manda a creerse cosas? –le dijeron los hijos de la noche.
Medio adolorida, avergonzada pero a la vez firme en el deseo de pertenecer a la bandada laboriosa, se levantó y emprendió vuelo hacia el palomar.
Al otro día, cuando el sol anunciaba un nuevo despertar, siguió a las palomas que iban rumbo al sur. Grande fue el esfuerzo que tuvo que hacer para emprender vuelo. Tras ganar altura y recorrer más de la mitad del camino destinado, fue sorprendida por un vendaval que la lanzó más allá de las nubes y regresó con las alas desplumadas.
Una vez repuesta, al tercer día emprendió un vuelo lento y rasante, y siguió  la aventura junto a los otros miembros de su equipo. De ese modo, después de varias jornadas de duro andar por los caminos del cielo–, al fin la lechuza soñadora llegó a su destino con la cabeza mareada, casi sin aliento, pero feliz de hacer su primer viaje exitoso como mensajera.

 

 

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