Mojados

Por Olisel Martínez

En el bosque a medianoche me interné. Tenía miedo a la oscuridad y tropezaba con las piedras y los troncos caídos. No había estrellas. La luna estaba perdida, pero algo me decía que siguiera caminando.

—¡Auxilio, auxilio, auxilio, alguien que me ayude! —escuché una voz desesperada.

Por un momento todo el cuerpo se me llenó de energías, y sin perder tiempo seguí los gritos. Sin darme cuenta, tenía las botas llenas de agua, se me dificultaba la visión y sentí mucho frío. Me acerqué lo más que pude y entonces sus manos se abrazaron a mi cuello. Creí que me ahogaba. Ella me hundía cada vez más, aferrada como estaba a la vida. Así, para arriba y para abajo, llegamos a la orilla.

¡Qué ojos tan lindos! Tan claros, que pude ver a través de ellos un lago majestuoso lleno de vida nocturna. Ella sonreía y yo le hice mil veces la misma pregunta: “¿Por qué no nadabas?”