Fútbol sin fronteras

Por Belkis L. Fernández

En la escuela se levantó un remolino de polvo y hojas. Empezó finito, después engordó como una ballena. Lo asombroso fue que se llevó a los futbolistas del terreno, muy cerca de mi aula. A los pocos días dieron la noticia de que habían llegado a Brasil. Allí, dicen, recogió a otros jugadores y organizó un juego internacional. Vemos en la televisión el remolino, en una inmensa grada solo para él, hacer la ola cada vez que un jugador de Brasil o Cuba metía un gol. También observamos cómo los aficionados de otras gradas tenían que sujetarse fuerte de los asientos para no caer dentro del torbellino bailador que zumba, según los periodistas. Eran tantos los goles de ambos equipos, que el remolino tiraba al cielo serpentinas, papeles de colores y fuegos artificiales. Al final quedaron empatados y los premios fueron muchos caramelos. Al otro día los futbolistas estaban en el terreno al lado de mi aula, como si nunca hubieran salido volando. No sé si fue realidad o sueño. Lo cierto es que si algún viento se levanta cerca de mí, corro a buscar refugio, porque no me gusta el fútbol y los caramelos… producen caries.

Premio en el Encuentro-Debate Nacional de Talleres Literarios Infantiles, Ciego de Ávila, 2018. (N. del E.)